Era noviembre y a medianoche el cielo se abrió en una lluvia intensa y constante. Un adiós que creía tan lejos, ahora se volvía cada vez más cercano. Un silencio entrecortado que cortaba el aire, y tus ojos. La maravilla de tu mirada, que hacía temblar todo lo que se pusiera delante de ella.
Para el hinduismo, el agua tiene poderes de significación espiritual, y esa noche la lluvia de noviembre anunciaba limpieza. Apenas pasadas las doce en esa habitación, que seguía sin ser ni tuya ni mía, y que era cada vez menos de los dos; la lluvia predecía un adiós. El que costaba decir, pero que aguardaba en la puerta a que nos despidamos. El adiós que dolía.
El llanto apenado de un final que parecía lejano, pero que se había materializado en un abrazo consolador entre un significado de amor, que se volvía frío y distante, y yo. Un llanto, que materializaba las energías reprimidas, que liberaba, aliviaba y sanaba. Una habitación semi-vacía, inundada por un silencio que ninguno de los dos quería romper; pero a la vez era necesario.
Esa madrugada me despedí en un adiós, no tan sincero como hubiera querido pero si más doloroso de lo que hubiera creído. Ya había pasado medianoche hacía rato, pero aún así: seguía lloviendo. Era tan intensa, que quería que barriera todo lo que necesitaba que se quedara en el aire, en el momento justo en el que cerré la puerta del auto.
No sé por qué nadie me dijo que esa despedida en noviembre, todavía se iba a sentir. Y que tus palabras todavía resuenan, como el eco del silencio en esa habitación.
No sé por qué nadie me dijo, que no bastaba un verano para poder olvidar el calor de tu piel y esa mirada tan refulgente. Y así, febrero sin vos me dolió también. Y así fue, como no pude volver a encontrar esa mirada que desnudaba todo lo que encontraba a su alrededor, en otros ojos.
En ese noviembre llovía igual que lo que llovió en enero y alguna madrugada de febrero. Y fue entonces que me dí cuenta, que al final no hay lluvia, ni adiós tan poderoso, que pueda borrarlo todo.