lunes, 26 de octubre de 2020

Morirse de amor

 El fallecimiento de mi madre fue, sin dudas, lo que marcó mi infancia. Es algo así como sentir que, literalmente, te morís de amor. Y no me refiero al morir de amor de cuando terminamos una relación, me refiero a esa sensación de saber que a pesar de que quieras nunca más vas a volver a ver a esa persona. 

La vorágine del día a día y la vida en las redes sociales nos convierte a todos en seres, un poco, más superficiales. Nadie habla y nadie muestra sentimientos porque es dejar expuestos una parte de nosotros que vive y habita nuestro más íntimo ser; nadie habla del sentir porque es mostrarse vulnerable ante una "era social" en donde las personas pelean por ver quién demuestra menos y quien se muestra más desinteresado. Y así vamos por la vida, creyendo que el no mostrar nuestros sentimientos nos hace más expertos en relaciones y nos regala un diplome de técnicos en consejos de amor; cuando en realidad no somos capaces de poner en palabras lo que el corazón intenta callar. 

Creemos que "nos morimos de amor" cuando terminarmos una relación a la que le habíamos puesto toda nuestra dedicación y nuestro mayor empeño; pero en realidad morimos de amor cuando la vida nos pone a prueba y nos invita a despedirnos de una de las personas a la que más vamos amar en la tierra. Ese sentimiento que te apreta el pecho y no te deja respirar, es el dolor de saber que ya no hay marcha atrás. Y uno aprende a convivir con ese dolor, y en esto me detengo porque soy fiel creyente de que nadie deja de sentir dolor, nadie deja de extrañar, nadie deja de vivir con ese gusto amargo de saber que quizás la vida no te dio tiempo a vivir todo lo que querías con esa persona y a despedirte como se lo merecía. Uno solo aprende a convivir con ello.

Y es verdad que mientras escribo estas palabras me acuerdo de la vez que me senté en la puerta de una cervecería y miré a mi amiga y le dije que  me estaba "muriendo de amor" y me "sentía vacía" porque el chico que me gustaba me había dejado. Y aun que sé que uno no puede comparar un amor que va a durar toda la vida con un amorío de la juventud, me río un poco de la Lucía que creyó que se le acababa el mundo después de cerrar la puerta de ese auto. Y también me acuerdo de la Lucía que dos años atrás también creyó que nunca más se iba a enamorar de nadie, cuando cerró la puerta de ese otro auto y dijo adiós. 

Que no se nos pase la vida sin decir lo que pensamos o expresar lo que sentimos, porque seguramente cuando nos querramos acordar ya sea tarde. Que no se nos pase la vida creyendo que tenemos tiempo para amar, porque a veces podemos llegar a destiempo. Que no se nos haga tarde para darnos cuenta que lo relevante de la vida pasa por lo que vemos y apreciamos todos los días, y que al final morimos, literalmente, de amor cuando nos olvidamos de quienes nos enseñaron a amar. 

sábado, 25 de enero de 2020

De alguna vez, en algún bar.

Hola, te dije cuando llegaste hasta el lugar. No sabía muy bien qué estaba haciendo ahí, vos no sabías muy bien qué estabas haciendo allí; ya no eramos desconocidos cenando en algún bar.

Te reías chinito, atrás del vaso de la segunda cerveza que nos tomábamos esa noche, capaz un poco por los nervios y otros poco porque ni vos entendías qué hacíamos ahí. Te reías chinito, y a mi, me encantaba tu risa. Me diste la mano, me contaste historias y me mostraste tus miedos.

Me reía de los nervios, te agarraba la mano y te conté mis historias. Venía con el corazón arremendado, un poco arreglado y hasta emparchado. Venía con el corazón frezado, para disimular que es de llanto y que le hace falta un abrazo.Venía con las piezas encajadas, como el puzzle de la infancia que siempre nos gusta armar.

Vestido de negro, te confundiste con la noche y entre tanta risa, me agarraste desprevenida. Me topaste de frente y quedándote a mi lado, me mirabas asustado. Entraste sin malicia a decirme, sin prisa, que el universo hace magia cuando menos te lo esperas.

Hacía un poco de frío pero entre tus besos y los míos, no había nada igual. No quiero llamarle amor, pero esto que siento, en el fondo del pecho, llegó sin previo avisó y se quedó cuando incluso no lo  invité ni a un café.

Te reías chinito y la magia del infinito se perdió en tu mirada. El destino nos ganó la pulseada, y así como quien no quiere la cosa, esa sonrisa se volvió la imagen que aparece en las mañanas, cuando no me quiero levantar.

Me despierto a la mañana, te busco en mi almohada y luego recuerdo que no vas a estar. Pienso en la plaza, el domingo de madrugada, con la luna iluminada; pienso en tu mirada y en tu risa enamorada, que hoy no puedo borrar.

Desde ese domingo -sin saber muy bien qué hacíamos- pienso que fue suerte, que me cales tan fuerte y me partas en dos. A veces creemos que no estamos preparados pero no es el momento, es la persona, que incluso hasta cuando no es la indicada, se convierte en la esencia de lo que no tiene explicación. Desde ese domingo pienso en nosotros, en mi pasado pesado y en los amaneceres separados.

A veces siento que exagero, pero desde ese domingo me repetí bajito que si las despedidas son promesas de reencuentros, me quiero volver a despedir, todas las veces que sean necesarias, para volver a sentir -por un instante- la magia de tu risa.

jueves, 19 de diciembre de 2019

A mi maestro

Tiempo atrás pensaba que alejarme o dejar ir a las personas, era cometer un error. Creía que estaba equivocada y que había que volver a intentarlo, pese a que el destino me decía a gritos que no era ahí. Sin embargo, hay personas y lugares que te hacen feliz en el momento en el que más lo necesitas.
Hay personas que te mueven la estantería, que te renuevan y se te presentan en el momento indicado.
Hay personas que encontramos una vez en la vida. Son de esas que llegan en el momento justo para enseñarte tantas cosas puedan, pero después, es necesario que sigan su camino.
Hay personas que no vamos a volver a ver nunca más, pero que siempre, pese a todos los pronósticos, van a estar presentes. En una flor, una canción, en un olor o en una comida; siempre van a estar.
Hay personas que necesitamos que aparezcan, para aprender qué cosas somos capaces de soportar y qué otras no.
Personas que nos enseñan del amor, de la amistad y de las relaciones, personas que nos hacen feliz con tan solo escuchar su voz o amenecer en su pecho.
Hay personas que están predestinadas a cruzarse en nuestro camino, como una especie de gurú de la vida. Nos da fuerza, nos da vida y nos revitalizan. A veces esos momentos no son enternos y son instantes fugaces; y pese a que nos esforcemos, necesitan seguir su propio camino. Duró lo que tenía que durar. Ambos crecieron, cambiaron, ya no son los mismos, ya no son iguales.
A esas personas, a esas gurú de la vida, yo les llamo maestros terrenales. Estos maestros vienen a enseñarte lo que necesitas saber en el momento justo y hacer de su vida nuestro hogar. Y cuando aprendimos, cuando crecimos, cuando entendimos; siguen su camino.
Da miedo dejar ir a nuestros maestros, nos marcan tanto la vida que necesitamos que caminen a nuestro lado para siempre. Sin embargo, se alejan en el momento justo en que desplegamos las alas y volvemos a volar.

martes, 5 de noviembre de 2019

Marcharte

A duras penas levantamos la ropa, que estaba tirada en la habitación. Yo ya no sabía si era una despedida o si la mañana nos iba a encontrar juntos, pero vos estabas diferente.
Te pusiste la remera, apurado, sin mirarme, como arrepintiéndote de lo que había pasado. Me dijiste que tenías que irte, que tenías que llegar a otro lugar que quedaba bastante lejos de donde estábamos y que no querías retrasarte. 
Te dio prisa marcharte y era la primera vez, después de tanto tiempo, que eso me provocaba un vacío extraño de llenar. Era la primera vez, después de tantas sábanas por medio, que me dolía tu desentendimiento, tu distancia, tu insensibilidad. 
Te dio prisa marcharte, te dio prisa cerrar la puerta de esa habitación y no hacer vuelta atrás. Querías irte, querías despojarte de todo lo que habíamos sentido por tanto tiempo, querías dejarlo todo atrás. 
Te dio prisa marcharte, nunca tuviste intención de quedarte. 
Recuerdo esa noche como si fuese ayer, recuerdo la frialdad de tu mirada, tu distancia. Por alguna extraña razón, lo que habíamos sido ya se había evaporado, no quedaba nada entre los dos.
Te dio prisa marcharte, nunca tuviste intención de quedarte. 

martes, 22 de octubre de 2019

Amá

Pasaba casi un año desde ese noviembre y por dentro sentía que seguía lloviendo. Un año desde que las sonrisas dejaron de provocarme sonrisas, un año desde que las miradas ya no me hacían cosquillas, un año desde que los mensajes ya no significaban nada.
Una noche, sentada en el sillón de casa, me puse a pensar en las veces que -durante este año- lo intenté y fracasé. En todas me culpé.
Me culpé por ser muy intensa, me culpé por dar demás, me culpé por arriesgarse, por intentarlo, por mostrarle tal cual era. Y cuanto más me culpaba, más extrañaba lo que ya se había ido. Mientras más me culpaba, más me hostigaba.
Me llenaba de pensamientos negativos, me castigaba, pensaba en qué podría haber pasado o en qué había fallado de nuevo.  Sin respuestas, sin mensajes, sin perdones, sin explicaciones; todo se iba en el mínimo intento.
Me di cuenta que no me había perdonado, que incluso era la tarea que tenía pendiente desde aquel noviembre. Perdonarte a vos, siempre fue más fácil. ¿Y perdonarme a mí?.
Necesitaba sanar, reparar todo el daño que me había hecho durante ese tiempo en el que decidí ponerte a vos, delante de mí.
Vale intentarlo, las veces que sean necesarias, vale amar después de que todo salga mal, pero lo que vale aún más: es ser uno mismo.
Esa noche entendí que si le sacaba mi esencia a todo lo que estaba haciendo, más me estaba lastimando.
Nadie es perfecto, dicen. Todos venimos con este montón de cosas encajadas una arriba de otra, tratando de hacerlas funcionar. A veces fallamos, a veces dudamos, a veces rompemos alguna pieza y la cambiamos: lo importante  es que nunca dejamos de andar. Nunca dejamos de intentarlo. Así como somos.
Esa noche entendí que tenía que perdonarme pero más que nada que tenía que aceptarme, tenía que hacer que todas esas piezas encajaran de la mejor forma posible, y para eso yo tenía que ser mi prioridad.
La frase trillada de que si no nos queremos a nosotros, nunca vamos a querer a alguien más, es verdad. Pero por sobre todo, hay que perdonarse. Perdonarse de las decisiones, de lo que dejamos atrás, hasta de lo que no podemos olvidarnos.
Perdonarnos y poder seguir intentando amar aún después de que salga mal.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Que el destino te sorprenda

Que el destino te sorprenda, dije una vez, con un tono más esperanzador de lo que hubiese querido. Como si creyera que poner el futuro en manos del destino, iba a ser la solución a un montón de problemas. Como si el destino, nos iba a jugar una buena pasada, y nos iba a sorprender mirándonos con el chico que nos gusta.
Que el destino te sorprenda, le dijo una vez a alguien y automáticamente cerré los ojos. Como si al cerrar los ojos hiciéramos fuerza para que lo que queremos se cumpla más rápido. A pesar de que yo no tenía mucha idea de lo que quería, ni tampoco lo que quería ella; se la veía iluminada cuando se lo dije. ¿Será que el destino la sorprende con el amor?.
Que el destino te sorprenda, volví a repetirme a mi misma, y hasta me convencí que lo mejor era dejar al futuro librado al azar.
Me terminé convenciendo de que el destino iba a tenerme preparada una jugada, que me agrande el corazón y me achique el estómago. Me terminé convenciendo de que hay cosas que simplemente llegan, me terminé convenciendo que desistir de buscar era mi mejor opción; su mejor opción.
Que el destino te sorprenda, lo repetí bajito todos los días desde lo que dije. Como una especie de mantra, mientras meditaba por la mañana. Como un lema que hay que seguir a raja tabla y sortear todo pensamiento que implique creer que eso que nos va a mover, nunca va a llegar. Como un frase, que tenemos que grabarnos a fuego, para por fin y de una vez por todas, dejar de esperar y abrirnos a la idea de que el destino nos puede sorprender a la vuelta de la esquina.
Que el destino me sorprenda, volví a decir mientras me acomodaba el pelo y corregía el labial, que se me había corrido dos pintas después.
¿Que el destino te sorprenda? me cuestione para adentro y me reí, mientras me miraba en el espejo ese aire esperanzador que no sabía de donde lo había sacado.
Que el destino te sorprenda, y abrí la puerta del baño de la cervecería a la que voy de vez en cuando, y estaba ahí parado. Estaba igual que siempre, igual que como lo pienso cada vez que veo algo que me recuerda a el. Igual que siempre, pero más lejos que nunca.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Los recuerdos de un tiempo atrás;

Era una de esas tardes que oscurecía temprano pero no de las que hacía mucho frío. La temperatura estaba agradable y había una brisa con la que mi pelo bailaba mientras caminaba.
Sonaba una playlist que tiempo atrás había dejado de escuchar, pero que siempre está en mi top of mind de favoritas. Las pasaba a todas, recordaba su orden, la había creado para irme de viaje a Asia.
Sin embargo, ahí estaba, mezclada entre tantas la que no dejaba de escuchar cuando te fuiste. Me reconocí escuchándola y la empecé a cantar, como por arte de magia.
Me había olvidado de ella, pensé que ya la había eliminado de mis favoritas. Entre paso y paso, levanté la mirada y la encontré: la luna estaba más llena que nunca.
Y me vi. Me vi sentada en el sillón de casa llorándote, me vi triste, perdida y sola. Me vi rogándole a mis amigas que se queden, me vi ahogándome en el dolor.
Nos vi, nos vi felices comiendo, nos vi felices por la calle, nos vi felices cantando, nos vi.
Nos vi y nos recordé, recordé lo feliz que había sido, que había llorando de la risa hasta dolerme la cabeza.
Recordé ese sabor amargo de la despedida, recordé que me fui lejos y que te fuiste vos. Recordé que nada había sido lo mismo desde aquel febrero.
Me volví a ver, pero ahora mucho tiempo después, tratando de volver a encajar el puzzle, tratando de armas las piezas. Me volví a ver tiempo después, buscándote en cada lugar al que iba, en cada cerveza que me tomaba, en cada lugar en el que te podía encontrar.
Me volví a ver perdida, intentando buscar en otros la parte de mi que vos te habías llevado, ese día de noviembre que llovía mucho.
Ahora no me gusta la lluvia, sabes? Me pone triste. Ahora no me gusta esta canción, sabes? Me recuerda a vos.