Tiempo atrás pensaba que alejarme o dejar ir a las personas, era cometer un error. Creía que estaba equivocada y que había que volver a intentarlo, pese a que el destino me decía a gritos que no era ahí. Sin embargo, hay personas y lugares que te hacen feliz en el momento en el que más lo necesitas.
Hay personas que te mueven la estantería, que te renuevan y se te presentan en el momento indicado.
Hay personas que encontramos una vez en la vida. Son de esas que llegan en el momento justo para enseñarte tantas cosas puedan, pero después, es necesario que sigan su camino.
Hay personas que no vamos a volver a ver nunca más, pero que siempre, pese a todos los pronósticos, van a estar presentes. En una flor, una canción, en un olor o en una comida; siempre van a estar.
Hay personas que necesitamos que aparezcan, para aprender qué cosas somos capaces de soportar y qué otras no.
Personas que nos enseñan del amor, de la amistad y de las relaciones, personas que nos hacen feliz con tan solo escuchar su voz o amenecer en su pecho.
Hay personas que están predestinadas a cruzarse en nuestro camino, como una especie de gurú de la vida. Nos da fuerza, nos da vida y nos revitalizan. A veces esos momentos no son enternos y son instantes fugaces; y pese a que nos esforcemos, necesitan seguir su propio camino. Duró lo que tenía que durar. Ambos crecieron, cambiaron, ya no son los mismos, ya no son iguales.
A esas personas, a esas gurú de la vida, yo les llamo maestros terrenales. Estos maestros vienen a enseñarte lo que necesitas saber en el momento justo y hacer de su vida nuestro hogar. Y cuando aprendimos, cuando crecimos, cuando entendimos; siguen su camino.
Da miedo dejar ir a nuestros maestros, nos marcan tanto la vida que necesitamos que caminen a nuestro lado para siempre. Sin embargo, se alejan en el momento justo en que desplegamos las alas y volvemos a volar.
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