Tiempo atrás pensaba que alejarme o dejar ir a las personas, era cometer un error. Creía que estaba equivocada y que había que volver a intentarlo, pese a que el destino me decía a gritos que no era ahí. Sin embargo, hay personas y lugares que te hacen feliz en el momento en el que más lo necesitas.
Hay personas que te mueven la estantería, que te renuevan y se te presentan en el momento indicado.
Hay personas que encontramos una vez en la vida. Son de esas que llegan en el momento justo para enseñarte tantas cosas puedan, pero después, es necesario que sigan su camino.
Hay personas que no vamos a volver a ver nunca más, pero que siempre, pese a todos los pronósticos, van a estar presentes. En una flor, una canción, en un olor o en una comida; siempre van a estar.
Hay personas que necesitamos que aparezcan, para aprender qué cosas somos capaces de soportar y qué otras no.
Personas que nos enseñan del amor, de la amistad y de las relaciones, personas que nos hacen feliz con tan solo escuchar su voz o amenecer en su pecho.
Hay personas que están predestinadas a cruzarse en nuestro camino, como una especie de gurú de la vida. Nos da fuerza, nos da vida y nos revitalizan. A veces esos momentos no son enternos y son instantes fugaces; y pese a que nos esforcemos, necesitan seguir su propio camino. Duró lo que tenía que durar. Ambos crecieron, cambiaron, ya no son los mismos, ya no son iguales.
A esas personas, a esas gurú de la vida, yo les llamo maestros terrenales. Estos maestros vienen a enseñarte lo que necesitas saber en el momento justo y hacer de su vida nuestro hogar. Y cuando aprendimos, cuando crecimos, cuando entendimos; siguen su camino.
Da miedo dejar ir a nuestros maestros, nos marcan tanto la vida que necesitamos que caminen a nuestro lado para siempre. Sin embargo, se alejan en el momento justo en que desplegamos las alas y volvemos a volar.
jueves, 19 de diciembre de 2019
martes, 5 de noviembre de 2019
Marcharte
A duras penas levantamos la ropa, que estaba tirada en la habitación. Yo ya no sabía si era una despedida o si la mañana nos iba a encontrar juntos, pero vos estabas diferente.
Te pusiste la remera, apurado, sin mirarme, como arrepintiéndote de lo que había pasado. Me dijiste que tenías que irte, que tenías que llegar a otro lugar que quedaba bastante lejos de donde estábamos y que no querías retrasarte.
Te dio prisa marcharte y era la primera vez, después de tanto tiempo, que eso me provocaba un vacío extraño de llenar. Era la primera vez, después de tantas sábanas por medio, que me dolía tu desentendimiento, tu distancia, tu insensibilidad.
Te dio prisa marcharte, te dio prisa cerrar la puerta de esa habitación y no hacer vuelta atrás. Querías irte, querías despojarte de todo lo que habíamos sentido por tanto tiempo, querías dejarlo todo atrás.
Te dio prisa marcharte, nunca tuviste intención de quedarte.
Recuerdo esa noche como si fuese ayer, recuerdo la frialdad de tu mirada, tu distancia. Por alguna extraña razón, lo que habíamos sido ya se había evaporado, no quedaba nada entre los dos.
Te dio prisa marcharte, nunca tuviste intención de quedarte.
martes, 22 de octubre de 2019
Amá
Pasaba casi un año desde ese noviembre y por dentro sentía que seguía lloviendo. Un año desde que las sonrisas dejaron de provocarme sonrisas, un año desde que las miradas ya no me hacían cosquillas, un año desde que los mensajes ya no significaban nada.
Una noche, sentada en el sillón de casa, me puse a pensar en las veces que -durante este año- lo intenté y fracasé. En todas me culpé.
Me culpé por ser muy intensa, me culpé por dar demás, me culpé por arriesgarse, por intentarlo, por mostrarle tal cual era. Y cuanto más me culpaba, más extrañaba lo que ya se había ido. Mientras más me culpaba, más me hostigaba.
Me llenaba de pensamientos negativos, me castigaba, pensaba en qué podría haber pasado o en qué había fallado de nuevo. Sin respuestas, sin mensajes, sin perdones, sin explicaciones; todo se iba en el mínimo intento.
Me di cuenta que no me había perdonado, que incluso era la tarea que tenía pendiente desde aquel noviembre. Perdonarte a vos, siempre fue más fácil. ¿Y perdonarme a mí?.
Necesitaba sanar, reparar todo el daño que me había hecho durante ese tiempo en el que decidí ponerte a vos, delante de mí.
Vale intentarlo, las veces que sean necesarias, vale amar después de que todo salga mal, pero lo que vale aún más: es ser uno mismo.
Esa noche entendí que si le sacaba mi esencia a todo lo que estaba haciendo, más me estaba lastimando.
Nadie es perfecto, dicen. Todos venimos con este montón de cosas encajadas una arriba de otra, tratando de hacerlas funcionar. A veces fallamos, a veces dudamos, a veces rompemos alguna pieza y la cambiamos: lo importante es que nunca dejamos de andar. Nunca dejamos de intentarlo. Así como somos.
Esa noche entendí que tenía que perdonarme pero más que nada que tenía que aceptarme, tenía que hacer que todas esas piezas encajaran de la mejor forma posible, y para eso yo tenía que ser mi prioridad.
La frase trillada de que si no nos queremos a nosotros, nunca vamos a querer a alguien más, es verdad. Pero por sobre todo, hay que perdonarse. Perdonarse de las decisiones, de lo que dejamos atrás, hasta de lo que no podemos olvidarnos.
Perdonarnos y poder seguir intentando amar aún después de que salga mal.
Una noche, sentada en el sillón de casa, me puse a pensar en las veces que -durante este año- lo intenté y fracasé. En todas me culpé.
Me culpé por ser muy intensa, me culpé por dar demás, me culpé por arriesgarse, por intentarlo, por mostrarle tal cual era. Y cuanto más me culpaba, más extrañaba lo que ya se había ido. Mientras más me culpaba, más me hostigaba.
Me llenaba de pensamientos negativos, me castigaba, pensaba en qué podría haber pasado o en qué había fallado de nuevo. Sin respuestas, sin mensajes, sin perdones, sin explicaciones; todo se iba en el mínimo intento.
Me di cuenta que no me había perdonado, que incluso era la tarea que tenía pendiente desde aquel noviembre. Perdonarte a vos, siempre fue más fácil. ¿Y perdonarme a mí?.
Necesitaba sanar, reparar todo el daño que me había hecho durante ese tiempo en el que decidí ponerte a vos, delante de mí.
Vale intentarlo, las veces que sean necesarias, vale amar después de que todo salga mal, pero lo que vale aún más: es ser uno mismo.
Esa noche entendí que si le sacaba mi esencia a todo lo que estaba haciendo, más me estaba lastimando.
Nadie es perfecto, dicen. Todos venimos con este montón de cosas encajadas una arriba de otra, tratando de hacerlas funcionar. A veces fallamos, a veces dudamos, a veces rompemos alguna pieza y la cambiamos: lo importante es que nunca dejamos de andar. Nunca dejamos de intentarlo. Así como somos.
Esa noche entendí que tenía que perdonarme pero más que nada que tenía que aceptarme, tenía que hacer que todas esas piezas encajaran de la mejor forma posible, y para eso yo tenía que ser mi prioridad.
La frase trillada de que si no nos queremos a nosotros, nunca vamos a querer a alguien más, es verdad. Pero por sobre todo, hay que perdonarse. Perdonarse de las decisiones, de lo que dejamos atrás, hasta de lo que no podemos olvidarnos.
Perdonarnos y poder seguir intentando amar aún después de que salga mal.
lunes, 30 de septiembre de 2019
Que el destino te sorprenda
Que el destino te sorprenda, dije una vez, con un tono más esperanzador de lo que hubiese querido. Como si creyera que poner el futuro en manos del destino, iba a ser la solución a un montón de problemas. Como si el destino, nos iba a jugar una buena pasada, y nos iba a sorprender mirándonos con el chico que nos gusta.
Que el destino te sorprenda, le dijo una vez a alguien y automáticamente cerré los ojos. Como si al cerrar los ojos hiciéramos fuerza para que lo que queremos se cumpla más rápido. A pesar de que yo no tenía mucha idea de lo que quería, ni tampoco lo que quería ella; se la veía iluminada cuando se lo dije. ¿Será que el destino la sorprende con el amor?.
Que el destino te sorprenda, volví a repetirme a mi misma, y hasta me convencí que lo mejor era dejar al futuro librado al azar.
Me terminé convenciendo de que el destino iba a tenerme preparada una jugada, que me agrande el corazón y me achique el estómago. Me terminé convenciendo de que hay cosas que simplemente llegan, me terminé convenciendo que desistir de buscar era mi mejor opción; su mejor opción.
Que el destino te sorprenda, lo repetí bajito todos los días desde lo que dije. Como una especie de mantra, mientras meditaba por la mañana. Como un lema que hay que seguir a raja tabla y sortear todo pensamiento que implique creer que eso que nos va a mover, nunca va a llegar. Como un frase, que tenemos que grabarnos a fuego, para por fin y de una vez por todas, dejar de esperar y abrirnos a la idea de que el destino nos puede sorprender a la vuelta de la esquina.
Que el destino me sorprenda, volví a decir mientras me acomodaba el pelo y corregía el labial, que se me había corrido dos pintas después.
¿Que el destino te sorprenda? me cuestione para adentro y me reí, mientras me miraba en el espejo ese aire esperanzador que no sabía de donde lo había sacado.
Que el destino te sorprenda, y abrí la puerta del baño de la cervecería a la que voy de vez en cuando, y estaba ahí parado. Estaba igual que siempre, igual que como lo pienso cada vez que veo algo que me recuerda a el. Igual que siempre, pero más lejos que nunca.
Que el destino te sorprenda, le dijo una vez a alguien y automáticamente cerré los ojos. Como si al cerrar los ojos hiciéramos fuerza para que lo que queremos se cumpla más rápido. A pesar de que yo no tenía mucha idea de lo que quería, ni tampoco lo que quería ella; se la veía iluminada cuando se lo dije. ¿Será que el destino la sorprende con el amor?.
Que el destino te sorprenda, volví a repetirme a mi misma, y hasta me convencí que lo mejor era dejar al futuro librado al azar.
Me terminé convenciendo de que el destino iba a tenerme preparada una jugada, que me agrande el corazón y me achique el estómago. Me terminé convenciendo de que hay cosas que simplemente llegan, me terminé convenciendo que desistir de buscar era mi mejor opción; su mejor opción.
Que el destino te sorprenda, lo repetí bajito todos los días desde lo que dije. Como una especie de mantra, mientras meditaba por la mañana. Como un lema que hay que seguir a raja tabla y sortear todo pensamiento que implique creer que eso que nos va a mover, nunca va a llegar. Como un frase, que tenemos que grabarnos a fuego, para por fin y de una vez por todas, dejar de esperar y abrirnos a la idea de que el destino nos puede sorprender a la vuelta de la esquina.
Que el destino me sorprenda, volví a decir mientras me acomodaba el pelo y corregía el labial, que se me había corrido dos pintas después.
¿Que el destino te sorprenda? me cuestione para adentro y me reí, mientras me miraba en el espejo ese aire esperanzador que no sabía de donde lo había sacado.
Que el destino te sorprenda, y abrí la puerta del baño de la cervecería a la que voy de vez en cuando, y estaba ahí parado. Estaba igual que siempre, igual que como lo pienso cada vez que veo algo que me recuerda a el. Igual que siempre, pero más lejos que nunca.
jueves, 12 de septiembre de 2019
Los recuerdos de un tiempo atrás;
Era una de esas tardes que oscurecía temprano pero no de las que hacía mucho frío. La temperatura estaba agradable y había una brisa con la que mi pelo bailaba mientras caminaba.
Sonaba una playlist que tiempo atrás había dejado de escuchar, pero que siempre está en mi top of mind de favoritas. Las pasaba a todas, recordaba su orden, la había creado para irme de viaje a Asia.
Sin embargo, ahí estaba, mezclada entre tantas la que no dejaba de escuchar cuando te fuiste. Me reconocí escuchándola y la empecé a cantar, como por arte de magia.
Me había olvidado de ella, pensé que ya la había eliminado de mis favoritas. Entre paso y paso, levanté la mirada y la encontré: la luna estaba más llena que nunca.
Y me vi. Me vi sentada en el sillón de casa llorándote, me vi triste, perdida y sola. Me vi rogándole a mis amigas que se queden, me vi ahogándome en el dolor.
Nos vi, nos vi felices comiendo, nos vi felices por la calle, nos vi felices cantando, nos vi.
Nos vi y nos recordé, recordé lo feliz que había sido, que había llorando de la risa hasta dolerme la cabeza.
Recordé ese sabor amargo de la despedida, recordé que me fui lejos y que te fuiste vos. Recordé que nada había sido lo mismo desde aquel febrero.
Me volví a ver, pero ahora mucho tiempo después, tratando de volver a encajar el puzzle, tratando de armas las piezas. Me volví a ver tiempo después, buscándote en cada lugar al que iba, en cada cerveza que me tomaba, en cada lugar en el que te podía encontrar.
Me volví a ver perdida, intentando buscar en otros la parte de mi que vos te habías llevado, ese día de noviembre que llovía mucho.
Ahora no me gusta la lluvia, sabes? Me pone triste. Ahora no me gusta esta canción, sabes? Me recuerda a vos.
Sonaba una playlist que tiempo atrás había dejado de escuchar, pero que siempre está en mi top of mind de favoritas. Las pasaba a todas, recordaba su orden, la había creado para irme de viaje a Asia.
Sin embargo, ahí estaba, mezclada entre tantas la que no dejaba de escuchar cuando te fuiste. Me reconocí escuchándola y la empecé a cantar, como por arte de magia.
Me había olvidado de ella, pensé que ya la había eliminado de mis favoritas. Entre paso y paso, levanté la mirada y la encontré: la luna estaba más llena que nunca.
Y me vi. Me vi sentada en el sillón de casa llorándote, me vi triste, perdida y sola. Me vi rogándole a mis amigas que se queden, me vi ahogándome en el dolor.
Nos vi, nos vi felices comiendo, nos vi felices por la calle, nos vi felices cantando, nos vi.
Nos vi y nos recordé, recordé lo feliz que había sido, que había llorando de la risa hasta dolerme la cabeza.
Recordé ese sabor amargo de la despedida, recordé que me fui lejos y que te fuiste vos. Recordé que nada había sido lo mismo desde aquel febrero.
Me volví a ver, pero ahora mucho tiempo después, tratando de volver a encajar el puzzle, tratando de armas las piezas. Me volví a ver tiempo después, buscándote en cada lugar al que iba, en cada cerveza que me tomaba, en cada lugar en el que te podía encontrar.
Me volví a ver perdida, intentando buscar en otros la parte de mi que vos te habías llevado, ese día de noviembre que llovía mucho.
Ahora no me gusta la lluvia, sabes? Me pone triste. Ahora no me gusta esta canción, sabes? Me recuerda a vos.
jueves, 8 de agosto de 2019
Amándonos
Hace años que intento entender al amor, a las personas que lo dan todo por transmitir un poco de amor. Llevo años descifrando cuentos, eludiendo amores de un rato, intentando interpretar los códigos con los que hablan algunos y tan incómoda me ponen.
De tanto entender al amor y buscarlo en cada rincón, me cerré. Me volví tacaña con las personas que quizás podrían haber sido las indicadas, mientras me vaciaba de amor y me entregaba por completo, a las equivocadas.
Me exprimí con vos y me deprimí cada vez que te perdía, me sentía vacía. Como si cada amor que no fue y que no llegó a tiempo, era una pérdida. Como si las espinas de la rosa, se clavaban cada vez más fuerte entre mis manos, que de a poco te soltaban, que de a poco te perdían.
Te lloré cada madrugada, mientras llovía torrenciales y mi cama estaba cada vez más vacía.
Amé tus mentiras, juré que duraría y me creí tu amor. Ahí, cuando elegía cada puerta equivocada, un rayo de sol se colaba por la rendija y me salvaba.
Fui feliz cuando pude conmigo en cada madrugada que se me vaciaba el alma llorando. Caminaba por la calle, me abrazaba la brisa; pero en algún rincón aparecía tu risa. Se me hacía un hueco en el alma. Hasta te lloré una mañana cuando nada tenía que ver contigo.
Me dejé amar por otros, intenté amar a otros. Pero te esperé, te esperé más de la cuenta, más de lo que hubiera querido. Compartí la cama, las sábanas, mi almohada y hasta mi alma. Pero entre tanta cosa, me olvidaba de mi.
Lidié con eso tanto tiempo, que ahora entre mis sábanas, me acuerdo de mi, me amo a mi. Lloro cada vez que me deje a un lado, para complacer a otros. Para complacerte a vos.
Lloro por no poder olvidarte, por no sanarte, por no olvidarte. A veces corro a pedir ayuda, para no pedirtela a vos, a veces te pediría un abrazo.
A veces me acuerdo que te fuiste, me acuerdo por qué te fuiste. Ahora sé irme a tiempo, para no llegar a lo nuestro.
Ahora sé pedir abrazos cuando los necesito y quedarme cuando siento calor. Ahora sé que el amor se parece más a acompañarse, que alejarnos sin razón.
Ahora sé que el amor es jugársela a todo, y no dejar nada. Ahora sé que le amor no es a medias tintas, pero sé que es quererme a mi. Ahora que sé que no me cambio por nada, sé que la receta del amor, está en amarnos de a dos. De a dos.
De tanto entender al amor y buscarlo en cada rincón, me cerré. Me volví tacaña con las personas que quizás podrían haber sido las indicadas, mientras me vaciaba de amor y me entregaba por completo, a las equivocadas.
Me exprimí con vos y me deprimí cada vez que te perdía, me sentía vacía. Como si cada amor que no fue y que no llegó a tiempo, era una pérdida. Como si las espinas de la rosa, se clavaban cada vez más fuerte entre mis manos, que de a poco te soltaban, que de a poco te perdían.
Te lloré cada madrugada, mientras llovía torrenciales y mi cama estaba cada vez más vacía.
Amé tus mentiras, juré que duraría y me creí tu amor. Ahí, cuando elegía cada puerta equivocada, un rayo de sol se colaba por la rendija y me salvaba.
Fui feliz cuando pude conmigo en cada madrugada que se me vaciaba el alma llorando. Caminaba por la calle, me abrazaba la brisa; pero en algún rincón aparecía tu risa. Se me hacía un hueco en el alma. Hasta te lloré una mañana cuando nada tenía que ver contigo.
Me dejé amar por otros, intenté amar a otros. Pero te esperé, te esperé más de la cuenta, más de lo que hubiera querido. Compartí la cama, las sábanas, mi almohada y hasta mi alma. Pero entre tanta cosa, me olvidaba de mi.
Lidié con eso tanto tiempo, que ahora entre mis sábanas, me acuerdo de mi, me amo a mi. Lloro cada vez que me deje a un lado, para complacer a otros. Para complacerte a vos.
Lloro por no poder olvidarte, por no sanarte, por no olvidarte. A veces corro a pedir ayuda, para no pedirtela a vos, a veces te pediría un abrazo.
A veces me acuerdo que te fuiste, me acuerdo por qué te fuiste. Ahora sé irme a tiempo, para no llegar a lo nuestro.
Ahora sé pedir abrazos cuando los necesito y quedarme cuando siento calor. Ahora sé que el amor se parece más a acompañarse, que alejarnos sin razón.
Ahora sé que el amor es jugársela a todo, y no dejar nada. Ahora sé que le amor no es a medias tintas, pero sé que es quererme a mi. Ahora que sé que no me cambio por nada, sé que la receta del amor, está en amarnos de a dos. De a dos.
domingo, 23 de junio de 2019
NecesiTamOs
Necesitamos despojarnos de todo lo que traemos y cargamos en la mochila. Ya nos duelen los pies, la espalda, el alma. Por mucho que duela o por mucho que le demos vueltas; soltá.
Soltá las expectativas que tenías de esa persona que te defraudó.
Soltá todo lo que sentías por alguien que se fue, soltá los amores pasados, soltá los amores truncos y hasta los inconclusos.
Soltá los pensamientos que te atan al pasado y no te dejan avanzase.
Libera espacio en la mochila, recarga las emociones y viví nuevas experiencias. Resetea la compu y cambia el disco duro.
No te creas los mismos versos ni las mismas palabras. Busca nuevas personas, momentos y sensaciones. Y quédate.
Quédate donde las cosas fluyan de a dos, quédate en ese lugar donde te sentiste como en tu casa desde el primer día.
Quédate con esa persona que se rio contigo cuando te caíste y se bailó solo contigo en plena madrugada, sin importar nada.
Quédate donde te reciben con un abrazo, donde te miran a los ojos, donde no duden de vos.
Quédate donde te hagan sentir que todo puede estar un poco mejor.
Soltá las expectativas que tenías de esa persona que te defraudó.
Soltá todo lo que sentías por alguien que se fue, soltá los amores pasados, soltá los amores truncos y hasta los inconclusos.
Soltá los pensamientos que te atan al pasado y no te dejan avanzase.
Libera espacio en la mochila, recarga las emociones y viví nuevas experiencias. Resetea la compu y cambia el disco duro.
No te creas los mismos versos ni las mismas palabras. Busca nuevas personas, momentos y sensaciones. Y quédate.
Quédate donde las cosas fluyan de a dos, quédate en ese lugar donde te sentiste como en tu casa desde el primer día.
Quédate con esa persona que se rio contigo cuando te caíste y se bailó solo contigo en plena madrugada, sin importar nada.
Quédate donde te reciben con un abrazo, donde te miran a los ojos, donde no duden de vos.
Quédate donde te hagan sentir que todo puede estar un poco mejor.
lunes, 10 de junio de 2019
Todos alguna vez amamos o dejamos ir.
Todos tenemos un corazón roto por un amor que se fue y que nunca más volvió. Todos tenemos el corazón un poco moretoneado y enmendado. Vamos por ahí queriendo salvar el corazón de nuestros seres queridos, teniendo el nuestro sin arreglar.
A todos nos faltan pedazos, que alguna vez alguien se llevó y nunca nos devolvió. A todos nos estrujaron el alma y se la llevaron, queriendo cuidarnos sin saber que nos estaban lastimando; cual dementor en plena película de Harry Potter.
Todos tenemos un montón de recuerdos guardados y estancados en el pecho. Todos archivamos por meses una conversación de WhastApp con miedo a borrarla, creyendo que si la eliminamos desaparecen los recuerdos. Todos tuvimos insomnio alguna noche y volvimos a escribirle, todos volvimos a leer esos mensajes. A todos alguna vez se nos estrujó el alma.
Todos tenemos una historia que nos mueve el piso, que creemos especial. Todos tenemos una historia que nos gusta contar, que nos toca por dentro. Todos tenemos una historia guardada entre las cuatro paredes de nuestra habitación. Una historia que no podemos contar.
Todos tenemos un amor que nos enseñó mucho y nos destruyó poco, pero todos tenemos un amor que nos destruyó tanto que no nos enseñó nada. Todos tenemos un amor que no podemos olvidar, un pedazo de colchón que extraña su calor y un montón de tardecitas rondando en el comedor.
Todos tenemos un poco de odio atragantado, un montón de preguntas sin respuestas. Todos quisiéramos gritarle a la cara que nadie se cruza dos veces por casualidad, que ya se le pasó su oportunidad.
Todos tenemos brazos a los que volveríamos sin dudar, y un amor que prometió que nunca se iba a ir. Todos tenemos un amor que tuvimos que dejar y un amor que se animó amarnos.
Tenemos amores que nos cerraron la puerta y que no volvieron más. Hay de los amores que nos vieron llorar y no miraron para atrás. Hay de los que nos lastimaron o de los que nos dejaron, hay de los que se fueron y de los que no se animaron. Pero también hay de los que nos amaron y se la jugaron.
Todos tenemos un día que iríamos corriendo a buscarlo, a pedirle que vuelva. Todos tenemos un día que quisiéramos volver el tiempo atrás. Todos tenemos sueños que no se concretaron y luchamos por amores de un rato. Todos alguna vez quisimos a alguien más que a nosotros mismos, todos aprendimos a amarnos mucho más.
Todos tuvimos un amor que no se animó a amarnos, todos perdimos a alguien por no haber dado un paso más. Todos decimos que estamos bien cuando no lo estamos, todos nos arrepentimos de algo, a todos nos gustaría haberlo intentado. Todos le dimos la oportunidad al amor, creyendo que esta vez no fallaría. Todos nos convertimos en el adiós.
A todos nos agarra la nostalgia por la noche, todos recordamos el corazón malgastado y usado. Todos decimos que estamos bien cuando no lo estamos. Lo bueno de todo esto, es que siempre aparece alguien que nos demuestra que debajo de esos recuerdos imborrables, todavía sentimos amor. Todos nos merecemos darnos otra oportunidad.
A todos nos faltan pedazos, que alguna vez alguien se llevó y nunca nos devolvió. A todos nos estrujaron el alma y se la llevaron, queriendo cuidarnos sin saber que nos estaban lastimando; cual dementor en plena película de Harry Potter.
Todos tenemos un montón de recuerdos guardados y estancados en el pecho. Todos archivamos por meses una conversación de WhastApp con miedo a borrarla, creyendo que si la eliminamos desaparecen los recuerdos. Todos tuvimos insomnio alguna noche y volvimos a escribirle, todos volvimos a leer esos mensajes. A todos alguna vez se nos estrujó el alma.
Todos tenemos una historia que nos mueve el piso, que creemos especial. Todos tenemos una historia que nos gusta contar, que nos toca por dentro. Todos tenemos una historia guardada entre las cuatro paredes de nuestra habitación. Una historia que no podemos contar.
Todos tenemos un amor que nos enseñó mucho y nos destruyó poco, pero todos tenemos un amor que nos destruyó tanto que no nos enseñó nada. Todos tenemos un amor que no podemos olvidar, un pedazo de colchón que extraña su calor y un montón de tardecitas rondando en el comedor.
Todos tenemos un poco de odio atragantado, un montón de preguntas sin respuestas. Todos quisiéramos gritarle a la cara que nadie se cruza dos veces por casualidad, que ya se le pasó su oportunidad.
Todos tenemos brazos a los que volveríamos sin dudar, y un amor que prometió que nunca se iba a ir. Todos tenemos un amor que tuvimos que dejar y un amor que se animó amarnos.
Tenemos amores que nos cerraron la puerta y que no volvieron más. Hay de los amores que nos vieron llorar y no miraron para atrás. Hay de los que nos lastimaron o de los que nos dejaron, hay de los que se fueron y de los que no se animaron. Pero también hay de los que nos amaron y se la jugaron.
Todos tenemos un día que iríamos corriendo a buscarlo, a pedirle que vuelva. Todos tenemos un día que quisiéramos volver el tiempo atrás. Todos tenemos sueños que no se concretaron y luchamos por amores de un rato. Todos alguna vez quisimos a alguien más que a nosotros mismos, todos aprendimos a amarnos mucho más.
Todos tuvimos un amor que no se animó a amarnos, todos perdimos a alguien por no haber dado un paso más. Todos decimos que estamos bien cuando no lo estamos, todos nos arrepentimos de algo, a todos nos gustaría haberlo intentado. Todos le dimos la oportunidad al amor, creyendo que esta vez no fallaría. Todos nos convertimos en el adiós.
A todos nos agarra la nostalgia por la noche, todos recordamos el corazón malgastado y usado. Todos decimos que estamos bien cuando no lo estamos. Lo bueno de todo esto, es que siempre aparece alguien que nos demuestra que debajo de esos recuerdos imborrables, todavía sentimos amor. Todos nos merecemos darnos otra oportunidad.
miércoles, 29 de mayo de 2019
El otoño.
Te trajo el otoño, capaz uno de los más fríos y solitarios otoños. Un verano se obstinaba a perpetuarse pero de él solo quedaban algunos rayos de luz. Se iba el verano y el se llevaba las noches con amigas, las cervezas hasta tarde y la murga en cualquier tablado. Se iban las cenas y las trasnochadas, las canciones en la madrugada y el despertador sin sonar.Te trajo el otoño, en la plenitud de una nostalgia que renegaba en deshacerse de viejos recuerdos y una suerte de transformación, que tiñó la ciudad de hojas marchitas.
Ese rayo de sol que entibiaba el lugar, cuando apenas se hacía notar, te iluminó la sonrisa y entendí que el ocaso traía consigo la magia de la floración. Llegaste y trajiste la serenidad, ya no hace tanto frío, ya no hay nostalgia. En este ambiente, nuestras citas de amor no se detienen y el otoño, parecía no ser tan malo al final. Me terminó gustando ese otoño; la puesta de sol era cada vez más larga y hacía de mi hogar, el lugar perfecto.
Con el otoño llego el invierno y con el invierno, la primavera. No había estación que superara ese otoño, que te trajo sin preguntar y que te convirtió el lugar en el que siempre quería estar. Sin embargo te fuiste en el verano, cuando volvían las noches de calor y las cervezas con amigas. La murga en el tablado, y el sin fin de momentos que trae consigo la estación más alegre del año. A pesar de todo, ese otoño lo había transformado todo y había acunado al amor. Así seguía, igual de latente que la brisa que traía la mañana y acariciaba el alma.
Pasarán los veranos, los inviernos y las primaveras que quieras; pasará la lluvia, la tormenta y las flores de estación. Pasarán las tardes en la playa, las noches de películas y las tardes en la plaza. Pasará la nostalgia, pasará el recuerdo, pasarán las historias; pasará el olor a mar, el ruido a la lluvia golpear en el techo y los jazmines floreciendo en cualquier lugar; pero cuando llega el otoño es inevitable pensar en ti.
domingo, 24 de marzo de 2019
La marca del amor
Hay amores que dejan marcas para siempre, de las imborrables, de las que pasa el tiempo y todavía están tan intactas que te cortan la respiración cuando los encontrás caminando y el sol les ilumina el rostro.
A pesar de cambiar la página o intentar deshacerse de la huella, las marcas de los amores más profundos se vuelven imposibles de olvidar. Borrar su contacto de WhatsApp siempre va a ser la opción más rápida pero la menos acertada, cuando se quiere borrar la marca y esfumar, de la noche a la mañana, un archivo de incontables conversaciones y fotos.
Pueden pasar años, miradas, abrazos, besos y hasta camas compartidas con amores de un rato pero nada borra la marca del amor, cuando está clavada en el medio del pecho y late.
Los infinitos rastros de los romances perdidos, que se hacen constantemente presentes en los aromas de los perfumes o hasta en la nostalgia de la soledad y una noche fría. En los incontables momentos donde un abrazo o una palabra necesita materializarse en una persona, la marca del amor vuelve hacer presente los recuerdos escondidos; la memoria de las innumerables sonrisas de un amor que todavía no se fue.
La mirada del amor tan profunda y sincera, tan reciproca y eterna, deja la marca de un amor incomparable.
Ante todo, la incertidumbre de no saber qué hacer con los rastros de ese amor tan sincero y sensato. Si seguir intentando mantenerlos guardados o abrazarlos para sentir de nuevo que alguna vez fuimos tan queridos, tan recordados, tan amados.
A pesar de cambiar la página o intentar deshacerse de la huella, las marcas de los amores más profundos se vuelven imposibles de olvidar. Borrar su contacto de WhatsApp siempre va a ser la opción más rápida pero la menos acertada, cuando se quiere borrar la marca y esfumar, de la noche a la mañana, un archivo de incontables conversaciones y fotos.
Pueden pasar años, miradas, abrazos, besos y hasta camas compartidas con amores de un rato pero nada borra la marca del amor, cuando está clavada en el medio del pecho y late.
Los infinitos rastros de los romances perdidos, que se hacen constantemente presentes en los aromas de los perfumes o hasta en la nostalgia de la soledad y una noche fría. En los incontables momentos donde un abrazo o una palabra necesita materializarse en una persona, la marca del amor vuelve hacer presente los recuerdos escondidos; la memoria de las innumerables sonrisas de un amor que todavía no se fue.
La mirada del amor tan profunda y sincera, tan reciproca y eterna, deja la marca de un amor incomparable.
Ante todo, la incertidumbre de no saber qué hacer con los rastros de ese amor tan sincero y sensato. Si seguir intentando mantenerlos guardados o abrazarlos para sentir de nuevo que alguna vez fuimos tan queridos, tan recordados, tan amados.
domingo, 17 de febrero de 2019
Noviembre y llovía
Era un miércoles de noviembre, hacía frío y el cielo anunciaba una lluvia cercana. Una cama en una habitación que no era la tuya, pero tampoco era la mía: la que conservaba tantos recuerdos de nosotros dos.
Era noviembre y a medianoche el cielo se abrió en una lluvia intensa y constante. Un adiós que creía tan lejos, ahora se volvía cada vez más cercano. Un silencio entrecortado que cortaba el aire, y tus ojos. La maravilla de tu mirada, que hacía temblar todo lo que se pusiera delante de ella.
El llanto apenado de un final que parecía lejano, pero que se había materializado en un abrazo consolador entre un significado de amor, que se volvía frío y distante, y yo. Un llanto, que materializaba las energías reprimidas, que liberaba, aliviaba y sanaba. Una habitación semi-vacía, inundada por un silencio que ninguno de los dos quería romper; pero a la vez era necesario.
Esa madrugada me despedí en un adiós, no tan sincero como hubiera querido pero si más doloroso de lo que hubiera creído. Ya había pasado medianoche hacía rato, pero aún así: seguía lloviendo. Era tan intensa, que quería que barriera todo lo que necesitaba que se quedara en el aire, en el momento justo en el que cerré la puerta del auto.
No sé por qué nadie me dijo que esa despedida en noviembre, todavía se iba a sentir. Y que tus palabras todavía resuenan, como el eco del silencio en esa habitación.
No sé por qué nadie me dijo, que no bastaba un verano para poder olvidar el calor de tu piel y esa mirada tan refulgente. Y así, febrero sin vos me dolió también. Y así fue, como no pude volver a encontrar esa mirada que desnudaba todo lo que encontraba a su alrededor, en otros ojos.
En ese noviembre llovía igual que lo que llovió en enero y alguna madrugada de febrero. Y fue entonces que me dí cuenta, que al final no hay lluvia, ni adiós tan poderoso, que pueda borrarlo todo.
Era noviembre y a medianoche el cielo se abrió en una lluvia intensa y constante. Un adiós que creía tan lejos, ahora se volvía cada vez más cercano. Un silencio entrecortado que cortaba el aire, y tus ojos. La maravilla de tu mirada, que hacía temblar todo lo que se pusiera delante de ella.
Para el hinduismo, el agua tiene poderes de significación espiritual, y esa noche la lluvia de noviembre anunciaba limpieza. Apenas pasadas las doce en esa habitación, que seguía sin ser ni tuya ni mía, y que era cada vez menos de los dos; la lluvia predecía un adiós. El que costaba decir, pero que aguardaba en la puerta a que nos despidamos. El adiós que dolía.
El llanto apenado de un final que parecía lejano, pero que se había materializado en un abrazo consolador entre un significado de amor, que se volvía frío y distante, y yo. Un llanto, que materializaba las energías reprimidas, que liberaba, aliviaba y sanaba. Una habitación semi-vacía, inundada por un silencio que ninguno de los dos quería romper; pero a la vez era necesario.
Esa madrugada me despedí en un adiós, no tan sincero como hubiera querido pero si más doloroso de lo que hubiera creído. Ya había pasado medianoche hacía rato, pero aún así: seguía lloviendo. Era tan intensa, que quería que barriera todo lo que necesitaba que se quedara en el aire, en el momento justo en el que cerré la puerta del auto.
No sé por qué nadie me dijo que esa despedida en noviembre, todavía se iba a sentir. Y que tus palabras todavía resuenan, como el eco del silencio en esa habitación.
No sé por qué nadie me dijo, que no bastaba un verano para poder olvidar el calor de tu piel y esa mirada tan refulgente. Y así, febrero sin vos me dolió también. Y así fue, como no pude volver a encontrar esa mirada que desnudaba todo lo que encontraba a su alrededor, en otros ojos.
En ese noviembre llovía igual que lo que llovió en enero y alguna madrugada de febrero. Y fue entonces que me dí cuenta, que al final no hay lluvia, ni adiós tan poderoso, que pueda borrarlo todo.
viernes, 1 de febrero de 2019
jueves, 31 de enero de 2019
Necesitamos.
Creemos que a veces necesitamos hacer cosas, a pesar de que no sepamos bien cuáles son esas cosas. Son esas ganas que nacen desde adentro y que a veces es difícil identificar el por qué; y más cuando las razones no son obvias a ojos de los demás.
Son como un impulso que te sale desde adentro y que te late fuerte en el pecho. Te despertas un día y sabes que ese sentimiento está ahí, latente. Que se hace notar, que no escatima; que te mueve.
Puede ser un abrazo, una palabra, un beso, una caricia o hasta un consejo. Capaz que a veces lo que necesitamos es volver por un segundo para atrás, recordar el pasado y rememorar cada cosa que dejamos en el camino. Puede que necesitamos parar un poco la cabeza, dejar las especulaciones, los pensamientos y los presentimientos.
A veces solo necesitamos expresar todas esas cosas que nos nacen, y ponerlas en palabras, en abrazos, en miradas.
Es ese impulso que te agita el pecho y que está tan latente que cuando actuamos, nos sentimos raros; es como el empujón que necesitas cuando te estás por tirar en Parapente en el medio de Nepal y te quedas una milésima de segundo sin aire, sintiendo que se te sale el alma por los poros.
Lo bueno de todo, es que después revivís y te das cuenta que estás mas vivo que nunca y que ese impulso te llevó hacer eso que más querías y que más te guardaste. Cuando lo haces, te das cuenta que todavía sentís y que eso es lo lindo de estar vivo.
Tirate en todos los parapentes que quieras, podes volar un poco más bajo o llegar a tocar el cielo. Pero tirate. Cuando el mundo te diga que no, el viento vaya en tu contra y el barco que agarraste para nadar ya se haya hundido. Tirate. Cuando creas que ya no das más, que necesitas que el impulso no estorbe más.
Levantate, sentí ese torbellino que te mueve hasta las entrañas y que todavía te recuerda lo que es sentir, atate de los pies y saltá. No te preguntes, no te cuestiones, ni te des explicaciones. Que a veces necesitamos ese golpe de adrenalina para sentir que estamos vivos y que no importa el después.
Son como un impulso que te sale desde adentro y que te late fuerte en el pecho. Te despertas un día y sabes que ese sentimiento está ahí, latente. Que se hace notar, que no escatima; que te mueve.
Puede ser un abrazo, una palabra, un beso, una caricia o hasta un consejo. Capaz que a veces lo que necesitamos es volver por un segundo para atrás, recordar el pasado y rememorar cada cosa que dejamos en el camino. Puede que necesitamos parar un poco la cabeza, dejar las especulaciones, los pensamientos y los presentimientos.
A veces solo necesitamos expresar todas esas cosas que nos nacen, y ponerlas en palabras, en abrazos, en miradas.
Es ese impulso que te agita el pecho y que está tan latente que cuando actuamos, nos sentimos raros; es como el empujón que necesitas cuando te estás por tirar en Parapente en el medio de Nepal y te quedas una milésima de segundo sin aire, sintiendo que se te sale el alma por los poros.
Lo bueno de todo, es que después revivís y te das cuenta que estás mas vivo que nunca y que ese impulso te llevó hacer eso que más querías y que más te guardaste. Cuando lo haces, te das cuenta que todavía sentís y que eso es lo lindo de estar vivo.
Tirate en todos los parapentes que quieras, podes volar un poco más bajo o llegar a tocar el cielo. Pero tirate. Cuando el mundo te diga que no, el viento vaya en tu contra y el barco que agarraste para nadar ya se haya hundido. Tirate. Cuando creas que ya no das más, que necesitas que el impulso no estorbe más.
Levantate, sentí ese torbellino que te mueve hasta las entrañas y que todavía te recuerda lo que es sentir, atate de los pies y saltá. No te preguntes, no te cuestiones, ni te des explicaciones. Que a veces necesitamos ese golpe de adrenalina para sentir que estamos vivos y que no importa el después.
miércoles, 23 de enero de 2019
Lo entendí.
Nunca había creído necesario despedirme de los años, siempre me trajeron cosas buenas y siempre quise mantenerlas en el tiempo. Nunca creí necesario aplicar las técnicas de mi prima, a la antigua, para recibir el nuevo año.
Sabía de muchas cosas que las personas hacen y las veía, cada 31 cuando el reloj marcaba las 00:00, empezar el año arriba de un banco, tomar una copa de champagne, dar la vuelta a la manzana con una valija o tirar un balde de agua a la calle. Las conocía a todas, pero nunca las ponía en práctica. Nunca quería que las cosas cambien, siempre quería que se mantuviera todo igual. Como una forma de querer congelar el tiempo, y que este no pase.
Sin embargo, todos los años son distintos y esa es la gracia del tiempo, no? Su constante cambio y transformación de las cosas. Unos meses atrás ya me habían dicho que el 2018 era el año de cerrar cosas, de culminar etapas y de darle un cierre a las historias. Las oportunidades se presentan, y uno se da cuenta con los días, la razón del tiempo.
Eran las 23:50 de ese tan ansiado 31, estaba sentada esperando que fueran las doce para recibir este nuevo año, con los brazos abiertos esperando las oportunidades. Me dejé llevar por lo que sentía en el momento, agarre un papel y un lápiz y escribí. Un montón de cosas que quería que se fueran con ese año, un montón de sentimientos que quería que se esparcieran por el aire y que flotaran lejos. Quería sacarme el nudo de la garganta y los sentimientos atrincherados en estómago, que dos por tres me hacían temblar.
Y escribí algunas de las frases que me identificaron y algunas palabras que compartí con personas y me traían su recuerdo. Sumergí el papel en el balde, que ya me esperaba en la portón de la casa de mis tíos. Dudé un segundo si me quería deshacer de todo eso. A veces uno cree que dar un paso, es tan sencillo como saltar una baldosa en la calle para no mojarte el pie.
Las 00:00, agarre el balde con fuerza y lo tire a la calle. Los pedacitos de papel, quedaron entre la calle y se deshicieron. Con el, todo lo que había escrito. Con ese pedazo de papel, todo lo que quería que se desintegrara de mi.
Esperé este nuevo comienzo hace mucho tiempo, a pesar de que no sé muy bien qué significa comenzar de nuevo. No creo en eso de hacer borrón y cuenta nueva y borrar recuerdos, como si pudiera apretar "eliminar este archivo".
Pero si confío en todas las decisiones que lo traen a uno donde tiene que estar. En la sabiduría del universo y la magia de la luna, que siempre nos topa con todo lo que podemos lidiar y tienen la respuesta de todo. Confié en que todo lo que sentí, cuando metí todos mis sentimientos adentro del balde, se iban a evaporar con el agua cuando los tiré.
Y los tiré tan lejos, y me despojé de tanta cosa que hasta perdí los miedos. Y ahora ya no le tengo miedo a romper con todo lo que no me entra, ni le tengo miedo al amor. No tengo miedo de tomar un café sola o ver la puesta del sol. Tampoco le tengo miedo a despertarme todas las mañanas sola, ni le tengo miedo al después de mi cumpleaños o a reinventarme una y mil veces más.
Cando me saqué todos los miedos de encima, cerré los ojos y entendí de qué se trata recibir un nuevo año: acomodarse el alma, sentir, respirar y sonreír.
Sabía de muchas cosas que las personas hacen y las veía, cada 31 cuando el reloj marcaba las 00:00, empezar el año arriba de un banco, tomar una copa de champagne, dar la vuelta a la manzana con una valija o tirar un balde de agua a la calle. Las conocía a todas, pero nunca las ponía en práctica. Nunca quería que las cosas cambien, siempre quería que se mantuviera todo igual. Como una forma de querer congelar el tiempo, y que este no pase.
Sin embargo, todos los años son distintos y esa es la gracia del tiempo, no? Su constante cambio y transformación de las cosas. Unos meses atrás ya me habían dicho que el 2018 era el año de cerrar cosas, de culminar etapas y de darle un cierre a las historias. Las oportunidades se presentan, y uno se da cuenta con los días, la razón del tiempo.
Eran las 23:50 de ese tan ansiado 31, estaba sentada esperando que fueran las doce para recibir este nuevo año, con los brazos abiertos esperando las oportunidades. Me dejé llevar por lo que sentía en el momento, agarre un papel y un lápiz y escribí. Un montón de cosas que quería que se fueran con ese año, un montón de sentimientos que quería que se esparcieran por el aire y que flotaran lejos. Quería sacarme el nudo de la garganta y los sentimientos atrincherados en estómago, que dos por tres me hacían temblar.
Y escribí algunas de las frases que me identificaron y algunas palabras que compartí con personas y me traían su recuerdo. Sumergí el papel en el balde, que ya me esperaba en la portón de la casa de mis tíos. Dudé un segundo si me quería deshacer de todo eso. A veces uno cree que dar un paso, es tan sencillo como saltar una baldosa en la calle para no mojarte el pie.
Las 00:00, agarre el balde con fuerza y lo tire a la calle. Los pedacitos de papel, quedaron entre la calle y se deshicieron. Con el, todo lo que había escrito. Con ese pedazo de papel, todo lo que quería que se desintegrara de mi.
Esperé este nuevo comienzo hace mucho tiempo, a pesar de que no sé muy bien qué significa comenzar de nuevo. No creo en eso de hacer borrón y cuenta nueva y borrar recuerdos, como si pudiera apretar "eliminar este archivo".
Pero si confío en todas las decisiones que lo traen a uno donde tiene que estar. En la sabiduría del universo y la magia de la luna, que siempre nos topa con todo lo que podemos lidiar y tienen la respuesta de todo. Confié en que todo lo que sentí, cuando metí todos mis sentimientos adentro del balde, se iban a evaporar con el agua cuando los tiré.
Y los tiré tan lejos, y me despojé de tanta cosa que hasta perdí los miedos. Y ahora ya no le tengo miedo a romper con todo lo que no me entra, ni le tengo miedo al amor. No tengo miedo de tomar un café sola o ver la puesta del sol. Tampoco le tengo miedo a despertarme todas las mañanas sola, ni le tengo miedo al después de mi cumpleaños o a reinventarme una y mil veces más.
Cando me saqué todos los miedos de encima, cerré los ojos y entendí de qué se trata recibir un nuevo año: acomodarse el alma, sentir, respirar y sonreír.
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