martes, 22 de octubre de 2019

Amá

Pasaba casi un año desde ese noviembre y por dentro sentía que seguía lloviendo. Un año desde que las sonrisas dejaron de provocarme sonrisas, un año desde que las miradas ya no me hacían cosquillas, un año desde que los mensajes ya no significaban nada.
Una noche, sentada en el sillón de casa, me puse a pensar en las veces que -durante este año- lo intenté y fracasé. En todas me culpé.
Me culpé por ser muy intensa, me culpé por dar demás, me culpé por arriesgarse, por intentarlo, por mostrarle tal cual era. Y cuanto más me culpaba, más extrañaba lo que ya se había ido. Mientras más me culpaba, más me hostigaba.
Me llenaba de pensamientos negativos, me castigaba, pensaba en qué podría haber pasado o en qué había fallado de nuevo.  Sin respuestas, sin mensajes, sin perdones, sin explicaciones; todo se iba en el mínimo intento.
Me di cuenta que no me había perdonado, que incluso era la tarea que tenía pendiente desde aquel noviembre. Perdonarte a vos, siempre fue más fácil. ¿Y perdonarme a mí?.
Necesitaba sanar, reparar todo el daño que me había hecho durante ese tiempo en el que decidí ponerte a vos, delante de mí.
Vale intentarlo, las veces que sean necesarias, vale amar después de que todo salga mal, pero lo que vale aún más: es ser uno mismo.
Esa noche entendí que si le sacaba mi esencia a todo lo que estaba haciendo, más me estaba lastimando.
Nadie es perfecto, dicen. Todos venimos con este montón de cosas encajadas una arriba de otra, tratando de hacerlas funcionar. A veces fallamos, a veces dudamos, a veces rompemos alguna pieza y la cambiamos: lo importante  es que nunca dejamos de andar. Nunca dejamos de intentarlo. Así como somos.
Esa noche entendí que tenía que perdonarme pero más que nada que tenía que aceptarme, tenía que hacer que todas esas piezas encajaran de la mejor forma posible, y para eso yo tenía que ser mi prioridad.
La frase trillada de que si no nos queremos a nosotros, nunca vamos a querer a alguien más, es verdad. Pero por sobre todo, hay que perdonarse. Perdonarse de las decisiones, de lo que dejamos atrás, hasta de lo que no podemos olvidarnos.
Perdonarnos y poder seguir intentando amar aún después de que salga mal.

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