sábado, 25 de enero de 2020

De alguna vez, en algún bar.

Hola, te dije cuando llegaste hasta el lugar. No sabía muy bien qué estaba haciendo ahí, vos no sabías muy bien qué estabas haciendo allí; ya no eramos desconocidos cenando en algún bar.

Te reías chinito, atrás del vaso de la segunda cerveza que nos tomábamos esa noche, capaz un poco por los nervios y otros poco porque ni vos entendías qué hacíamos ahí. Te reías chinito, y a mi, me encantaba tu risa. Me diste la mano, me contaste historias y me mostraste tus miedos.

Me reía de los nervios, te agarraba la mano y te conté mis historias. Venía con el corazón arremendado, un poco arreglado y hasta emparchado. Venía con el corazón frezado, para disimular que es de llanto y que le hace falta un abrazo.Venía con las piezas encajadas, como el puzzle de la infancia que siempre nos gusta armar.

Vestido de negro, te confundiste con la noche y entre tanta risa, me agarraste desprevenida. Me topaste de frente y quedándote a mi lado, me mirabas asustado. Entraste sin malicia a decirme, sin prisa, que el universo hace magia cuando menos te lo esperas.

Hacía un poco de frío pero entre tus besos y los míos, no había nada igual. No quiero llamarle amor, pero esto que siento, en el fondo del pecho, llegó sin previo avisó y se quedó cuando incluso no lo  invité ni a un café.

Te reías chinito y la magia del infinito se perdió en tu mirada. El destino nos ganó la pulseada, y así como quien no quiere la cosa, esa sonrisa se volvió la imagen que aparece en las mañanas, cuando no me quiero levantar.

Me despierto a la mañana, te busco en mi almohada y luego recuerdo que no vas a estar. Pienso en la plaza, el domingo de madrugada, con la luna iluminada; pienso en tu mirada y en tu risa enamorada, que hoy no puedo borrar.

Desde ese domingo -sin saber muy bien qué hacíamos- pienso que fue suerte, que me cales tan fuerte y me partas en dos. A veces creemos que no estamos preparados pero no es el momento, es la persona, que incluso hasta cuando no es la indicada, se convierte en la esencia de lo que no tiene explicación. Desde ese domingo pienso en nosotros, en mi pasado pesado y en los amaneceres separados.

A veces siento que exagero, pero desde ese domingo me repetí bajito que si las despedidas son promesas de reencuentros, me quiero volver a despedir, todas las veces que sean necesarias, para volver a sentir -por un instante- la magia de tu risa.