"No esperes nada de nadie" te dicen por ahí todo el tiempo. No podemos andar por la vida con las expectativas tan altas, creyendo que las otras personas van a reaccionar como nosotros los haríamos. No podemos pretender que si nos rompen en mil, nos pregunten cómo estamos, cómo vamos o cómo seguimos.
Sin embargo, siempre nos queda ese dejo de "esperanza" por decirlo de alguna manera. Tanto como creer que cuando nos alejamos nos van a echar de menos. Vamos por la vida esperando que nos llegue un mensaje, que a alguien le llegue el arrepentimiento de habernos perdido. De que algo nos vuelva a llevar a los lugares donde alguna vez fuimos felices.
Y duele. Duele la espera de que pase algo. De que la tormenta pase, de que la calma llegue. De que no vuelvas a convertir este mundo en un torbellino, y de que vuelva a salir el sol. Duele tanto, que hasta duele saber que nada de lo que uno espera va a llegar. Y al contrario, pasan cosas. Y cuando esas cosas pasan, todo se termina de romper.
Cuando todo se rompe por completo, nos damos cuenta que el tiempo que pasamos esperando que el destino haga su magia; nos sentimos cada vez más cerca de alguien que teníamos cada día más lejos. Que esos días que pasamos esperando, añoramos cosas que no vuelven. Personas que no van a regresar.
Que no podemos esperar que haya personas que desaparezcan y nos quieran a la vez. Que nadie te da vuelta la cara y te extraña al mismo tiempo. Que nadie se olvida de vos, pero te tiene presente. Que ninguna persona que se aleja de vos, te quiere. Que no hay espera que valga cuando una persona no siente amor, que no hay espera que sane cuando te dejan de querer y se alejan. Que no hay tiempo que cure las heridas que duelen cada vez más. Que no existe en el mundo alguien que te quiera y te boludee al mismo tiempo: o es una o es la otra.
Mientras me senté en la cama a escribir esto, estaba esperando tomar una decisión. Y además que me viniera algo así como una inspiración para poder escribir realmente lo que siento en este momento.
Sin embargo, de tanto esperar me di cuenta que se me pasa el tiempo. Y si, puede que esté perdiendo lo que quise y sé que nunca más va a volver. Pero también me estoy perdiendo a mi, y no hay espera que valga para encontrarse.
miércoles, 28 de noviembre de 2018
lunes, 26 de noviembre de 2018
RompeTE
Creo que hay momentos en la vida, en que tenemos las cosas un poco más claras de lo que quisieramos. Y a pesar de eso, seguimos enganchados en constantes situaciones que no nos llevan a nada.
Para cambiarlas, para mostrar nuestra ausencia, para que nos echen de menos; hay que romper todo haciendo lío.
Cuando las situaciones se nos van de las manos, cuando ya no podemos manejarlas y son ellas las que nos manejan a nosotros y no podemos ponerle fin, lo mejor es salir por la puerta pegandole una patada y haciendo lío.
Uno ya sabe cuando sí y cuando no, pero todo ese quilombo de sentimientos no pone patas para arriba. Y su eterna racionalización, nos lleva a un túnel sin salida. A veces para que las cosas cambien, hay que sacudirlas, patearlas, romperlas.
Después si. Ya sabemos todos qué viene después de romper algo. Juntar todos los pedazos que te quedan esparcidos en la habitación. Limpiarlos un poco y ordenarlos. Bancarte la culpa que te pesa en la espalda, como la mochila de los jóvenes en plena secundaria, porque acabas de romper algo que quizás no lo cuidaste bien.
Después queda lo de siempre. Intentar que encastren de nuevo, como si tu vida fuera un puzzle. De esos que tienen un montón de piezas y te cansas de armarlo para que quede bien, y lo pateas. Pero cuando lo pateas, te das cuenta qué tan importante para vos era poder terminar de armar ese puzzle y que encastre bien, que quede lindo.
Ahí lo volves armar. A sabiendas de una revolución que te movió hasta la médula y que te ayudó hacer un poco de lío. Ahora volvé y abrí la puerta de una patada, pero ahora que te llene de adrenalina y de nervios, y no de miedo. Rompe y hace una revolución contigo, que te lleve a buscar lo que más queres y estás perdiendo.
Dale, rompe. Hace lío. Que no podes seguir perdiendo el tiempo soñando con esa revolucióN.
lunes, 24 de septiembre de 2018
el A m o u r
Cuatro letras que definen el sentimiento más estable, intenso, poderoso y cambiante que tiene el ser humano. Ese afecto genuino entre dos personas, el deseo de dar y de recibir, de compartir, de proyectar y de creer que se puede y que vale la pena contar y confiar en el otro.
Amor en Español, mīlestība en Letón, love en Inglés, Amour en Francés, Amare en Italiano; y podría traducirlo en los siete mil idiomas que hay en el mundo, que de igual manera acá o en India, el sentimiento de querer a alguien desde las entrañas de nuestro ser, siempre va a ser el mismo.
Y digo siempre, inevitablemente y ante cualquier cosa que pueda pasar entre dos personas: cuando hay amor, nada puede ir contra eso. Y creo, firmemente, que todas esas palabrerías de las fases lunares, nuestro signo del horóscopo y los trinos que se puedan formar entre el sol, la tierra y algún otro planeta que anda rondando por el espacio orbital; tiene mucho que ver en la manera de amar que tiene cada una de las personas.
Nacer bajo la influencia del signo de Piscis, les aseguro que me hizo la persona más intensa, sensible y emotiva que pueda existir en la faz de la tierra. No sé muy bien cuál era la fase lunar en ese momento, pero seguro al momento de parirme la luna era llena y estaba en su máximo apogeo de las relaciones y el nivel de intensidad.
Somos signos de agua y estamos regidos por Neptuno: lo que le da a un pisciano sensibilidad, espiritualidad, bondad. Además de que somos seres absolutamente intuitivos, y siempre en nuestras relaciones buscamos la fusión perfecta. Cuando leí esto me puse a pensar, es difícil a veces entre tanto concepto y palabra en vano, identifica las características de uno con lo que dice un horóscopo o hasta un astrólogo.
Increíblemente, y seguro que ningún pisiciano me va a decir que estoy mintiendo, siempre nos interesa podemos conectar mentalmente con alguien. El envase trasciende sobre cualquier mente que nos atraiga y nos haga levitar. Increíblemente podemos fallar una y mil veces, el concepto de amor puede fracasar; pero siempre damos mucho más de lo que recibimos y amamos intensamente.
Un día leí un libro donde una chica tenía que definir cuál de todas las palabras que existen en el mundo la definía, mejor dicho o como bien decía la autora: qué palabra era la suya. Mientras leía ese capítulo, estuve rato pensando cuál era la palabra que me definía a mí. Seguramente tengamos miles, pero sé que una de las más importantes es: amor.
El amor define todo lo que pasa a mi alrededor. Puede cambiarme el humor e indudablemente -y bajo la lupa de alguna experiencia amorosa que tuve por allí- si conseguimos a la persona correcta, el amor puede hacernos una mejor persona. Me costó mucho tiempo cambiar algunas cosas que tenía incorporadas a mi vida y que de alguna manera no me eran del todo sanas. Sin embargo y sintiéndome muy cursi al respecto, ee di cuenta que el amor todo lo cura y todo lo transforma.
Cuando era chica en lo único que pensaba era en el amor para toda la vida, el de para siempre y los finales felices de los cuentos que me contaba mi mamá antes de dormir. Bueno, creo que a todos nos pasa un poco eso cuando estamos en la infancia. Tenemos voluntad, creemos en el amor y aún así a veces nos cuesta soltarlo y que sea libre.
Me costó muchos años de mi pequeña juventud entender al amor en su condición de libertad y creo que todavía no lo sé aplicar del todo bien. Me costo casi un año saber al amor bajo el concepto de la elección, y entender que elegir a alguien implica también ser libres a la hora de hacerlo.
Quizás el amor es eso: aceptarse y elegirse, entenderse y acompañarse. Cada uno desde su lugar, cada uno como puede y como va queriendo. Este tiempo aprendí que es fundamental amarse a uno mismo para poder sentirse pleno, y compartirse en su mejor versión con la persona que elegimos.
Sin embargo podemos elegir a la misma persona en infinidades de momentos y situaciones, porque a veces solo basta con mirar a alguien a los ojos y saber que ahí hay amor.
Amor en Español, mīlestība en Letón, love en Inglés, Amour en Francés, Amare en Italiano; y podría traducirlo en los siete mil idiomas que hay en el mundo, que de igual manera acá o en India, el sentimiento de querer a alguien desde las entrañas de nuestro ser, siempre va a ser el mismo.
Y digo siempre, inevitablemente y ante cualquier cosa que pueda pasar entre dos personas: cuando hay amor, nada puede ir contra eso. Y creo, firmemente, que todas esas palabrerías de las fases lunares, nuestro signo del horóscopo y los trinos que se puedan formar entre el sol, la tierra y algún otro planeta que anda rondando por el espacio orbital; tiene mucho que ver en la manera de amar que tiene cada una de las personas.
Nacer bajo la influencia del signo de Piscis, les aseguro que me hizo la persona más intensa, sensible y emotiva que pueda existir en la faz de la tierra. No sé muy bien cuál era la fase lunar en ese momento, pero seguro al momento de parirme la luna era llena y estaba en su máximo apogeo de las relaciones y el nivel de intensidad.
Somos signos de agua y estamos regidos por Neptuno: lo que le da a un pisciano sensibilidad, espiritualidad, bondad. Además de que somos seres absolutamente intuitivos, y siempre en nuestras relaciones buscamos la fusión perfecta. Cuando leí esto me puse a pensar, es difícil a veces entre tanto concepto y palabra en vano, identifica las características de uno con lo que dice un horóscopo o hasta un astrólogo.
Increíblemente, y seguro que ningún pisiciano me va a decir que estoy mintiendo, siempre nos interesa podemos conectar mentalmente con alguien. El envase trasciende sobre cualquier mente que nos atraiga y nos haga levitar. Increíblemente podemos fallar una y mil veces, el concepto de amor puede fracasar; pero siempre damos mucho más de lo que recibimos y amamos intensamente.
Un día leí un libro donde una chica tenía que definir cuál de todas las palabras que existen en el mundo la definía, mejor dicho o como bien decía la autora: qué palabra era la suya. Mientras leía ese capítulo, estuve rato pensando cuál era la palabra que me definía a mí. Seguramente tengamos miles, pero sé que una de las más importantes es: amor.
El amor define todo lo que pasa a mi alrededor. Puede cambiarme el humor e indudablemente -y bajo la lupa de alguna experiencia amorosa que tuve por allí- si conseguimos a la persona correcta, el amor puede hacernos una mejor persona. Me costó mucho tiempo cambiar algunas cosas que tenía incorporadas a mi vida y que de alguna manera no me eran del todo sanas. Sin embargo y sintiéndome muy cursi al respecto, ee di cuenta que el amor todo lo cura y todo lo transforma.
Cuando era chica en lo único que pensaba era en el amor para toda la vida, el de para siempre y los finales felices de los cuentos que me contaba mi mamá antes de dormir. Bueno, creo que a todos nos pasa un poco eso cuando estamos en la infancia. Tenemos voluntad, creemos en el amor y aún así a veces nos cuesta soltarlo y que sea libre.
Me costó muchos años de mi pequeña juventud entender al amor en su condición de libertad y creo que todavía no lo sé aplicar del todo bien. Me costo casi un año saber al amor bajo el concepto de la elección, y entender que elegir a alguien implica también ser libres a la hora de hacerlo.
Quizás el amor es eso: aceptarse y elegirse, entenderse y acompañarse. Cada uno desde su lugar, cada uno como puede y como va queriendo. Este tiempo aprendí que es fundamental amarse a uno mismo para poder sentirse pleno, y compartirse en su mejor versión con la persona que elegimos.
Sin embargo podemos elegir a la misma persona en infinidades de momentos y situaciones, porque a veces solo basta con mirar a alguien a los ojos y saber que ahí hay amor.
jueves, 20 de septiembre de 2018
Relaciones 2.0dependientes.
Un día empecé a escribir cartas, a veces necesitamos sacar para afuera eso que nos pasa y ponerlo en palabras. Creo que verbalizar es una de las tareas más complejas que tiene que atravesar el ser humano, teniendo en cuenta que expresar sentimientos está muy mal visto en este 2018.
No sé si es muy mal visto el concepto al que quiero referir, el caso es que hoy las redes sociales tomaron una dimensión nunca antes pensada. La vida cotidiana de las personas y las relaciones interpesonales, se llevan a cabo a través de un aparto tecnológico que en dos años se vuelve obsoleto y hay que cambiar.
Creo firmemente que las relaciones entre las personas tiene una pequeña similitud con la usabilidad de los aparatos tecnológicos. A veces es difícil sentarnos a pensar sobre esto, ya que en la vorágine del día a día, estamos tan inmersos en la realidad 2.0 que no prestamos atención.
Pero podemos notar la importancia que han adquirido las redes sociales en nuestras relaciones, que un tick azul en WhatsApp o varias horas sin responder: ya es síntoma de algo. Y lo digo específicamente sobre las relaciones amorosas.
Empezar a salir con una persona en esta realidad virtual creo que se volvió un tanto complejo y díficil de llevar a cabo. Y digo esto con total propiedad, y escribo esto en base a mis experiencias y las experiencias de mis amigas -que no todas han sido buenas- y que ayudan a crear un poco el concepto de relaciones 2.0dependientes.
Y si, porque no responder un mensaje a tiempo, clavar el visto, los likes en una foto o una historia comentada; se volvió más importante que sentarnos frente a frente con la persona que queremos y decírselo. El amor se convirtió en un corazón rojo que late, un emoji que tira un beso y un emoji cuya cara parece enamorada (pero puede no serlo). El sexo se convirtió en mensajes -un tanto- eróticos (y dije no tanto por si mi padre llega a leer esto), en la cara del mono tapándose los ojos y en las ganas de querer estar con alguien pero que se las expresamos mejor por WhatsApp y después vemos si responde.
"Después vemos si responde", vivimos en el después vemos y no nos damos cuenta que el tiempo se pasa volando. Que en un abrir y cerrar de ojos pasaron nueve meses del año, casi un embarazo completo y seguimos postergando las cosas que tenemos para decir.
Y que conste que yo también lo sigo haciendo.
Pero digo esto para que podamos tener en cuenta y reflexionar acerca de lo que hacemos día a día. Y no digo que mandar un mensaje escueto a media mañana diciendo "te extraño" esté mal, porque si acá hay alguien que sabe de jugársela, esa soy yo. Pero paremos a mirarnos a los ojos con los demás, a saber lo que sienten y saber lo que piensan. Cuando están molestos y cuando están contentos de haber pasado el rato con ustedes. De seguro, si miramos a los ojos nos damos cuenta. Si miramos y nos sonríen, si miramos y nos miran serios, si miramos y nos devuelven un poco el amor que expresamos a través de esa mirada; es porque estamos haciendo las cosas bien.
Un día una persona me dijo que la sensación de mirar a alguien a los ojos y sentir que también te quiere estaba demás, esa persona que lo quería era yo.
jueves, 22 de marzo de 2018
Volver
Volver a casa es como volver a la escuela luego de unas vacaciones larguísimas. Es volver acostumbrarse a dormir en tu cama, a levantarte por las mañanas y hacerte el desayuno, a tomar las mismas responsabilidades que habías dejado quietas por un tiempo.
En este caso, volver a casa era diferente. Era volver a mi vida de antes, pero sabiendo que a partir de que pusiera un pie en tierras uruguayas tenía que empezar a tomar decisiones; algunas de ellas que no quería tomarlas y otras que necesitaba tomar para poder darle una vuelta de tuerca a mi vida.
Decisiones tomamos todo el tiempo: si vamos en ómnibus a trabajar o caminamos, si comemos esto o aquello, si empezamos o no el gimnasio, y muchas más que se nos presentan cada día y que elegimos hasta con los ojos cerrados. Pero hay decisiones que nos cambian por completo, nos transforman.
Sabemos que a partir de que las tomemos, no hay vuelta atrás. Y no sólo hay que tomarlas, hay que cargar con esa decisión para siempre. Decisiones que a veces nos hacen creer algunas cosas y hasta nos hacen replantearnos un montón de cosas que creíamos ciertas.
Sabemos que a partir de que las tomemos, no hay vuelta atrás. Y no sólo hay que tomarlas, hay que cargar con esa decisión para siempre. Decisiones que a veces nos hacen creer algunas cosas y hasta nos hacen replantearnos un montón de cosas que creíamos ciertas.
Tres meses después de haber vuelto, sólo tomé la decisión que no quería. La que más me costaba y la que debía de tomar de forma madura. No sé si tan madura, pero tenía que asumir la poca madurez que tenía para tomar una decisión que no sólo era por mi bien, si no también lo era para otra persona. A veces hay que decidir con la cabeza y no con el corazón. Y sin duda, esta decisión fue más con la primera que con la segunda.
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