Volver a casa es como volver a la escuela luego de unas vacaciones larguísimas. Es volver acostumbrarse a dormir en tu cama, a levantarte por las mañanas y hacerte el desayuno, a tomar las mismas responsabilidades que habías dejado quietas por un tiempo.
En este caso, volver a casa era diferente. Era volver a mi vida de antes, pero sabiendo que a partir de que pusiera un pie en tierras uruguayas tenía que empezar a tomar decisiones; algunas de ellas que no quería tomarlas y otras que necesitaba tomar para poder darle una vuelta de tuerca a mi vida.
Decisiones tomamos todo el tiempo: si vamos en ómnibus a trabajar o caminamos, si comemos esto o aquello, si empezamos o no el gimnasio, y muchas más que se nos presentan cada día y que elegimos hasta con los ojos cerrados. Pero hay decisiones que nos cambian por completo, nos transforman.
Sabemos que a partir de que las tomemos, no hay vuelta atrás. Y no sólo hay que tomarlas, hay que cargar con esa decisión para siempre. Decisiones que a veces nos hacen creer algunas cosas y hasta nos hacen replantearnos un montón de cosas que creíamos ciertas.
Sabemos que a partir de que las tomemos, no hay vuelta atrás. Y no sólo hay que tomarlas, hay que cargar con esa decisión para siempre. Decisiones que a veces nos hacen creer algunas cosas y hasta nos hacen replantearnos un montón de cosas que creíamos ciertas.
Tres meses después de haber vuelto, sólo tomé la decisión que no quería. La que más me costaba y la que debía de tomar de forma madura. No sé si tan madura, pero tenía que asumir la poca madurez que tenía para tomar una decisión que no sólo era por mi bien, si no también lo era para otra persona. A veces hay que decidir con la cabeza y no con el corazón. Y sin duda, esta decisión fue más con la primera que con la segunda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario