El fallecimiento de mi madre fue, sin dudas, lo que marcó mi infancia. Es algo así como sentir que, literalmente, te morís de amor. Y no me refiero al morir de amor de cuando terminamos una relación, me refiero a esa sensación de saber que a pesar de que quieras nunca más vas a volver a ver a esa persona.
La vorágine del día a día y la vida en las redes sociales nos convierte a todos en seres, un poco, más superficiales. Nadie habla y nadie muestra sentimientos porque es dejar expuestos una parte de nosotros que vive y habita nuestro más íntimo ser; nadie habla del sentir porque es mostrarse vulnerable ante una "era social" en donde las personas pelean por ver quién demuestra menos y quien se muestra más desinteresado. Y así vamos por la vida, creyendo que el no mostrar nuestros sentimientos nos hace más expertos en relaciones y nos regala un diplome de técnicos en consejos de amor; cuando en realidad no somos capaces de poner en palabras lo que el corazón intenta callar.
Creemos que "nos morimos de amor" cuando terminarmos una relación a la que le habíamos puesto toda nuestra dedicación y nuestro mayor empeño; pero en realidad morimos de amor cuando la vida nos pone a prueba y nos invita a despedirnos de una de las personas a la que más vamos amar en la tierra. Ese sentimiento que te apreta el pecho y no te deja respirar, es el dolor de saber que ya no hay marcha atrás. Y uno aprende a convivir con ese dolor, y en esto me detengo porque soy fiel creyente de que nadie deja de sentir dolor, nadie deja de extrañar, nadie deja de vivir con ese gusto amargo de saber que quizás la vida no te dio tiempo a vivir todo lo que querías con esa persona y a despedirte como se lo merecía. Uno solo aprende a convivir con ello.
Y es verdad que mientras escribo estas palabras me acuerdo de la vez que me senté en la puerta de una cervecería y miré a mi amiga y le dije que me estaba "muriendo de amor" y me "sentía vacía" porque el chico que me gustaba me había dejado. Y aun que sé que uno no puede comparar un amor que va a durar toda la vida con un amorío de la juventud, me río un poco de la Lucía que creyó que se le acababa el mundo después de cerrar la puerta de ese auto. Y también me acuerdo de la Lucía que dos años atrás también creyó que nunca más se iba a enamorar de nadie, cuando cerró la puerta de ese otro auto y dijo adiós.
Que no se nos pase la vida sin decir lo que pensamos o expresar lo que sentimos, porque seguramente cuando nos querramos acordar ya sea tarde. Que no se nos pase la vida creyendo que tenemos tiempo para amar, porque a veces podemos llegar a destiempo. Que no se nos haga tarde para darnos cuenta que lo relevante de la vida pasa por lo que vemos y apreciamos todos los días, y que al final morimos, literalmente, de amor cuando nos olvidamos de quienes nos enseñaron a amar.
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